Henry Kissinger, el erudito convertido en diplomático que diseñó la apertura de Estados Unidos a China, que negoció la salida de Vietnam y utilizó la astucia, la ambición y el intelecto para rehacer las relaciones de poder de EE. UU. con la Unión Soviética en plena Guerra Fría, a veces a costa de los valores democráticos para conseguirlo, murió el miércoles, según un comunicado publicado en su página web oficial. Tenía 100 años.
Murió en su casa de Connecticut.
Pocos diplomáticos han sido tan celebrados y vilipendiados como Kissinger. Considerado el secretario de Estado más poderoso de la era posterior a la Segunda Guerra Mundial, fue aclamado como un líder pragmático y realista que remodeló la diplomacia para reflejar los intereses estadounidenses y también fue criticado por dejar de lado los valores estadounidenses, especialmente en el ámbito de los derechos humanos, si creía que eso servía a los intereses del país.
Asesoró a 12 presidentes —más de una cuarta parte de los que han ocupado el cargo—, desde John F. Kennedy hasta Joe Biden. Con su comprensión erudita de la historia diplomática, el impulso de su condición como refugiado judío-alemán que luchó por triunfar en su tierra de adopción, además de su profunda inseguridad y un acento bávaro de toda la vida que a veces añadía un elemento indescifrable a sus pronunciamientos, transformó casi todas las relaciones mundiales en las que participó.









